Durante mi trabajo en varios colegios de Quito y luego de discutir con mis colegas educadores las realidades que vivimos tanto profesores como estudiantes en las instituciones educativas, sentí la necesidad de abrir un espacio seguro donde tengamos la oportunidad de explorar lo que nos gusta, de reflexionar sobre nuestra manera de aprender, de entender lo que nos dificulta y de compartir y aprender disfrutando.

He visto niños que quieren ir más allá y aprender más de un tema pero no hay tiempo o no está en el currículo de ese año, o no es tema de ninguna materia. Un año, uno de mis grupos estaba muy interesado en mitología griega. ¿Por qué? Sobre todo por un juego de video. Pero ese era contenido de dos años más adelante. Debían esperar, no había tiempo, teníamos que aprender sobre las revoluciones burguesas.

No se pudo: la mitología aparecía en cada clase. Ellos se encargaban de llevar el tema hacia los dioses griegos y sus relaciones e historias eran ejemplo de todo lo que aprendíamos. Llegamos a un acuerdo y establecimos los viernes de temas alternativos donde estudiamos mitología griega y después magia. Al final hubo tiempo para todo porque estaban motivados para aprender.

La poca flexibilidad, la gran extensión de contenidos del currículo y las exigencias del ministerio no permiten explorar estos intereses y motivaciones. El resultado es frustración o desmotivación. Son muy pocos los niños que encuentran un espacio fuera de la escuela para seguir con ese aprendizaje motivado por la vida. Ese espacio es Un lugar para aprender.  Es el lugar para hacer el libro de experimentos, la programación de juegos de video, el ascensor eléctrico de legos, el experimento de ADN, para hacer una cámara de fotos. Todos estos ejemplos son proyectos reales de niños de once años, desarrollados a la par de la escuela en sus casas.

Un lugar para aprender fue pensado como un lugar de servicios educativos donde nos adaptamos a las necesidades e intereses de quienes nos buscan.

¡Les esperamos!